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“Me rociaron con leche azucarada”

Nací el 27 de diciembre de 1978 en Asmara. En 1996 me reclutaron para el servicio militar en Sawa. Durante el período de instrucción básica, tanto la comida como el entrenamiento eran malos. Los instructores no seguían ningún programa de instrucción, sino que nos hacían lavarles la ropa o ir a buscar agua. Nos obligaban a someternos a su voluntad. No nos daban suficiente de comer. Utilizaban harina podrida. Tras los seis meses de instrucción nos obligaron a realizar una marcha de más de 120 km desde Ketan hasta Sahel. Después nos llevaron a Nakfa, donde nos tuvieron 15 días excavando trincheras. No estaba claro para qué iban a servir, las trincheras eran del todo inútiles. Además hacía frío, pero no nos dieron mantas, por lo que a veces incluso nos cubrimos de tierra para mantener el calor.

Después volví a la División 2001, 2ª brigada, 1r batallón, 3ª unidad, 2º grupo. Estábamos apostados en Ambori, en la región de Dembelas, una zona peligrosa en la que había Yihad y donde podían producirse conflictos.

En noviembre de 1997 me destinaron a un curso militar en Mensura, para aprender el sistema estadounidense de combate en unidades reducidas. Faltaban dos meses para el final previsto de mi servicio militar. Más tarde caí en la cuenta de que hacíamos ese curso porque ya habían empezado los preparativos para la guerra. A principios de abril llamaron a filas a los reservistas de las quintas 1 a 4 de los llamamientos al servicio militar. El pretexto fue que iban a participar en medidas de desarrollo. En realidad fueron llamados a combate y se unieron a nosotros.

El 12 de mayo atacamos Badime. Avanzamos hasta Dembegedamu, a unos 18-20 km en territorio etíope, ocupamos la zona y tomamos posiciones. Tras una semana la División 381 nos relevó. Nos trasladaron a Zorona.

Al principio no había mucho que hacer allí. Excavamos trincheras y los jefes de unidad nos hacían realizar tareas particulares, como cultivar verduras. Una vez recogidas las verduras, teníamos que comprárselas pagándolas con nuestro dinero. Las ganancias iban a parar a sus bolsillos. Un ingeniero que estaba cumpliendo el servicio militar tuvo que construir una casa para ellos.

Yo había aceptado cumplir el servicio militar. Era eritreo y estaba dispuesto a ser soldado y hacer la guerra por una buena causa, como defender Eritrea de un peligro real. Pero ahora tenía que morir mientras otros obligaban a la gente a trabajar para ellos y enriquecerse cada vez más. No me parecía que eso fuera motivo para sacrificar mi vida.

Un jefe de grupo tiene autoridad para imponer su voluntad incluso a las mujeres. Los demás tienen que trabajar para él. Un jefe de unidad es aún peor, y aún más un jefe de batallón. La situación se volvía cada vez más intolerable. Yo empecé a oponer resistencia. Decía: ?Estoy haciendo el servicio militar. Aunque no estoy de acuerdo con lo que está ocurriendo aquí, soy soldado. ¿Por qué nos haces trabajar en tu propio beneficio? No veo qué sentido tiene.?

Me arrestaron, me soltaron y me volvieron a arrestar. Una vez permanecí tres meses arrestado y, junto con otros 22 soldados, tenía que trabajar en el campo desde las 6 hasta el mediodía y de las 2 a las 4 de la tarde. Era una especie de lavado de cerebro. Recogíamos tomates y cebollas.

Más tarde me ofrecieron ascenderme a jefe de grupo. No porque pensaran que lo haría bien, sino porque así iban a pillarme tarde o temprano. Tuve que asumir el cargo y dirigir un grupo de 4 soldados.

En esa época, febrero de 1999, empezó la segunda invasión. Nos encontrábamos en Onoshahok cuando hubo tiroteos ininterrumpidos durante todo un día. Por fortuna yo salí ileso. Un chico y una chica de mi grupo resultaron heridos. La chica había sido enviada al frente por negarse a acceder a los deseos de sus superiores.

Permanecimos apostados allí hasta mayo. Entonces me mandaron a hacer un curso de jefe de unidad. Me negué. No quería tomar parte en negocios particulares, ni oprimir a mis compañeros. Entonces me detuvieron. Me rociaron con leche azucarada, me ataron y me dejaron al sol. Era finales de mayo o principios de junio de 1999. Me tuvieron atado al aire libre durante dos días y medio sin interrupción. De día hacía un calor infernal, y de noche un frío glacial. Se me quemó la piel, y al cabo de dos días tenía la cara llena de ampollas. La cabeza me estallaba de dolor. El sufrimiento era tal que casi perdí el conocimiento. Vino un médico y ordenó un tratamiento médico. Al principio el jefe de batallón se negó. El médico dijo: ?Yo no puedo asumir esa responsabilidad. Si le sucede algo, tú serás el responsable?. Entonces el jefe accedió al tratamiento. Me llevaron a un hospital de campaña cercano, extirparon la piel quemada, me limpiaron la carne con desinfectante y me dieron tetraciclina y antibióticos. Eso fue todo. Estuve dos semanas en el hospital. A pesar de los antibióticos contraje una infección. Se puso muy fea, pero como castigo no querían tratarme. Finalmente me llevaron al hospital militar de Alla. Durante tres o cuatro meses no podía ver con el ojo izquierdo. Intenté denunciar al jefe de batallón, pero no recibí ninguna respuesta.

De vez en cuando mejoraban las heridas, después volvían a infectarse y me salían nuevas ampollas. Era un altibajo constante. Al final me dieron un permiso de un mes y pude ir a ver a mi familia. Solicité la baja del servicio por escrito, pero me fue denegada y me notificaron que una vez curado debía reincorporarme al frente.

Entrevista con Saeed Ibrahim del 18 de junio de 2004.