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“Estoy más que harta de la guerra”

Nací el 10 de enero de 1981 en Asmara. Cuando tenía 15 años nos dijeron que no conoceríamos los resultados de los exámenes de bachillerato hasta después de haber cumplido el período de instrucción militar básica. Por eso me alisté en el ejército a los 15 años. Esperaba que después del servicio militar me darían el diploma y me licenciarían del ejército. Así pues, en 1996 me reclutaron y enviaron a Sawa para el período de instrucción.

Algunas de las chicas se habían escapado de sus casas y alistado en el ejército a pesar de ser aún menores de edad. A veces venían los padres a buscarlas para llevarlas de vuelta a casa, pero los oficiales no se lo permitían.

Muchas chicas eran violadas. Debido a ello, algunas se adaptaban a la situación y se liaban con los oficiales para evitar ser violadas. Todos los oficiales eran varones. Las chicas que no accedían a sus exigencias eran asignadas a trabajos infames o enviadas a la guerra. Incluso las que habían sido violadas pero que se negaban a someterse eran enviadas al frente. Las únicas que eran bien tratadas eran las dóciles y bonitas. A menudo se quedaban embarazadas contra su voluntad.

Estábamos apostados en Baka, en la región de Girmaik. Las chicas que se negaban a hacer de amas de casa eran castigadas con guardias nocturnas de 3 y 4 horas. También los chicos que intentaban ayudarlas eran castigados. Los obligaban a pasar todo el día firmes al sol. Las chicas que seguían el juego a los oficiales eran bien tratadas.

Los que ya no aguantaban más, los que querían volver con sus familias, terminaban por escaparse. Algunos volvían por su propio pie, otros eran arrestados por la policía militar y castigados con el ?helicóptero? o ?número ocho? [1]. En algunos casos los rociaban con leche y los dejaban de pie al sol. Les llamaban ?koblelt?, forajidos, desertores.

Tras realizar 18 meses de servicio militar, aún tuvimos que quedarnos otros dos meses en el ejército. Entonces empezó la guerra. Me cuesta describir eso. Fue espantoso. Había una regla, por ejemplo, de que si había soldados heridos, los ?jikaalo? (veteranos) eran los primeros en ir al hospital de campaña. De este modo, ellos eran los primeros en abandonar el frente, y nunca los soldados rasos. Una vez murieron por este motivos 5 o 6 jóvenes. Simplemente les dejaron allí tumbados. Cuando una unidad volvía del frente para tomarse un descanso, algunos se iban a casa sin permiso. Cuando regresaban y sus unidades habían vuelto al frente, como castigo los situaban en primera línea y a algunos incluso los ejecutaban.

Yo estaba harta de la guerra. Me declaré enferma, aunque ello significara que tendría que quedarme allí y no podría ir a casa. Tras numerosas solicitudes y reclamaciones me dieron cinco días de permiso, pero me quedé diez. Entonces me entró el miedo. Volví. Como castigo tuve que subir y bajar una colina durante una semana cargando un gran recipiente de agua.

En mayo de 1999 uno de los jefes de unidad quiso violarme. Conseguí gritar y otros acudieron en mi ayuda y lo impidieron. Exigí que fuera castigado, pero él era el responsable de transmitir mi reclamación a sus superiores. No fue castigado.

Después de la segunda invasión nuestra unidad recibió una formación y realizamos un curso de auditoría de cuentas. Yo estaba en la administración del batallón y controlaba los ingresos y gastos. Mi superior me acosaba y contaba mentiras sobre mí porque yo me negaba a acceder a sus exigencias. Me acusó, por ejemplo, de haber robado dinero, aunque él no había dejado ningún dinero a mi alcance. Hacía llegar estas acusaciones a sus superiores para que me castigaran. La situación se volvió insoportable. Por eso me fui a casa en Asmara. Un mes más tarde fui arrestada en Asmara y me llevaron a la comisaría de policía de Gegjeret. Después me mandaron a Adiabeto. Exigí muchas veces: ?Quiero volver con mi unidad. Si tengo que ser castigada, quiero que sea allí?. Unas semanas más tarde conseguí escaparme de la cárcel de Adiabeto y me dirigí a Adisegdo. Conseguí quedarme allí más de un año. Tenía que vivir siempre escondida, los huéspedes no debían verme y no podía salir de la casa. Los vecinos no debían verme, para evitar que alguien me traicionara. Pero entonces entré en contacto con amigos de mi padre que me traían periódicos críticos con el gobierno, como el del FLE (Frente de Liberación Eritreo).

Como pasé mucho tiempo evadida, las autoridades presionaban a mi padre y finalmente le detuvieron. Con ayuda de sus amigos por fin pude huir a Sudán.

Entrevista con Bisrat Habte Micael del 28 de mayo de 2004.

Nota:

[1] El helicóptero: la víctima es atada con una cuerda, con pies y manos detrás de la espalda, tumbada en el suelo boca abajo y con el torso desnudo, y abandonada en el exterior bajo el sol ardiente, la lluvia y las noches heladas.