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Traspasar las fronteras de las diferencias

Carol Thompson

Sonrisa radiante. Risa contagiosa. Su luz atraía a otros hacia ella para debatir y discutir, para aprender y reflexionar. La determinación inquebrantable, la pasión por la justicia y la entrega constante definen a Kayla Mueller, no su captura por parte de ISIS, la tortura a la que fue sometida y su trágica muerte a los 26 años.

La decisión de Kayla de trabajar para el organismo de asistencia turco Support to Life, que recibe a refugiados sirios que cruzan la frontera, surgió como parte de sus viajes destinados a aprender y compartir, de sus visitas a las comunidades rurales de Guatemala, de la asistencia brindada en un orfanato de la India, de su labor en un centro de refugiados africanos en Tel Aviv y de su participación en las vigilias contra los asentamientos israelíes en Hebrón, Palestina. Se dedicó a enseñarles inglés a los refugiados tibetanos en Dharamsala, India, mientras aprendía de las prácticas del budismo tibetano. Así lo explicó Kayla en unas cartas dirigidas a sus padres (2010, 2013):

Esta realidad es mi labor: ir a donde hay sufrimiento. Supongo que, como nos pasa a todos, estoy aprendiendo a lidiar internamente con el sufrimiento que hay en el mundo… a lidiar con mi propio dolor y, a pesar de ello, ser capaz de tener una actitud proactiva.

…toda lucha por más libertad y justicia es mi lucha, y cada vez que se masacra a inocentes, se masacra a uno de los míos, y cada vez que el mundo no reacciona ante estas cosas porque no es asunto de ellos, se vuelve asunto mío.

Quién era Kayla como persona no solo la define: no era una mera turista itinerante ni una chica ingenua trotamundos. Su motivación era conocer distintas culturas de la mano de quienes seguían resistiendo a pesar del sufrimiento profundo. Trabajó, comió y durmió con aquellos que continuaron con la resistencia a la violencia y la injusticia.

Mientras trabajaba en Turquía, Kayla cruzó por poco tiempo la frontera con Siria y fue capturada por ISIS en agosto de 2013. Sus padres recibieron recién en mayo el primer correo electrónico enviado por los captores y, en julio de 2014, una amenaza de muerte, que se haría efectiva a los 30 días si no pagaban el rescate. En agosto, nos enteramos de la decapitación de James Foley, seguida por la de Steven Sotloff (en septiembre) y la de Peter Kassig (en noviembre); parece que todos estaban retenidos en la misma prisión de rehenes que Kayla, en Raqqah, Siria. No hubo un comunicado oficial que confirmara de qué manera Kayla perdió la vida en febrero de 2015. Según ISIS, murió en un bombardeo aéreo jordano y puede que nunca sepamos la verdad sobre su fallecimiento. Todos estos pacifistas trabajaron para detener las masacres en Irak y Siria, intentando amplificar las voces de los indignados por la falta de acción internacional, dada la magnitud de la violencia contra los civiles.

La vida de Kayla nos enseña que traspasar las fronteras de las diferencias es necesario para incrementar la comprensión, tarea que es mucho más difícil cuando la brecha es amplia. El antimilitarismo de Kayla (“Nunca apoyaría una barbarie semejante como una guerra; ningún tipo de guerra, en ningún lugar”) la llevó a trabajar en un centro de paz local en los Estados Unidos, donde escuchaba a veteranos regresados de la guerra cuando se inscribían en la universidad. Estos programas daban respuesta a las solicitudes y las necesidades de los veteranos en su recorrido por el próximo camino sinuoso: la reinserción en la comunidad y en las aulas.

COM-pasión

Un pacifista no puede continuar con su labor sin compasión; sin ella, terminará agotado rápidamente. Las dos partes de la palabra tienen la misma importancia: com-pasión. “Com”, proveniente del latín, indica conexión, relaciones. Aunque los pacifistas pueden estar muy solos —como Kayla durante gran parte de los 18 meses que estuvo cautiva en una prisión oscura y fría de ISIS—, las relaciones dirigen sus acciones. Como joven activista, Kayla decidió trabajar con diversas organizaciones para comprender sus distintos enfoques; dicha experiencia le resultó mucho más útil que cualquier estudio universitario. Dueña de un gran ingenio, pagó por sus viajes internacionales (a Guatemala, India, Palestina/Israel, Francia y Turquía) de su propio bolsillo con lo que ganaba trabajando, por ejemplo, en un centro de VIH/SIDA de su ciudad natal mientras se desempeñaba como voluntaria en un refugio para mujeres.

El viaje espiritual en pos de la construcción de la paz continuó cuando Kayla se unió a un seminario de reflexión en Plum Village, en el sur de Francia, durante el verano de 2010. Desde la concepción budista, la compasión implica “verse a uno mismo en todas las personas que uno conoce”. Thich Nhat Hanh, fundador de Plum Village, explica lo siguiente: “Nuestro método de práctica debería ser la no-violencia. La no-violencia… significa comprender que todo está interconectado: ejercer violencia contra otros es ejercerla contra uno mismo” (Anger, pp. 69-70).

Kayla parafraseó la metáfora de Hahn que se refiere a sacar la basura que uno tiene dentro para generar abono que nutra la flor que llevamos en nuestro interior. En 2011, escribió: “Los jardineros saben convertir basura en abono. Por lo tanto, la ira, la tristeza y el miedo que sentimos son el mejor abono para nuestra compasión”. Kayla puso en práctica la compasión cuando estuvo sometida a ataques físicos y mentales brutales. Dos adolescentes yazidíes que estaban cautivas con ella (todas violadas con frecuencia) planearon escapar; Kayla, por su parte, se negó a acompañarlas, alegando que su carácter de ciudadana estadounidense sería motivo de búsqueda y venganza por parte de ISIS. Las yazidíes lograron escapar.

Las palabras de Thich Nhat Hanh en memoria de Kayla se relacionan con los otros cientos de miles como ella: “... una bella flor y muchas otras flores han sido pisoteadas por el rencor y la violencia hasta marchitarse. ¡Qué gran pena para los seres humanos del siglo XXI!”.

Com-PASIÓN

La “pasión” de la “compasión” brinda los motivos de las relaciones, de intentar aprender cómo “verse a uno mismo en todas las personas que uno conoce”. Para Kayla, esos motivos apasionados dirigían su camino, resumido una vez más de la mejor manera por sus palabras: “Mientras viva, no dejaré que el sufrimiento sea algo normal, algo aceptado”. Kayla alzó su voz porque, como dijo, 100.000 sirios habían muerto (2012). El observatorio sirio de derechos humanos calcula en la actualidad 300.000 muertes. La Organización de las Naciones Unidas estima que más de 4,8 millones de sirios han huido al extranjero y 6,5 millones fueron desplazados dentro del país. Entretanto, más de 11 millones de personas, casi la mitad de la población que tenía el país antes de la guerra, han sido asesinadas u obligadas a abandonar su hogar y el sufrimiento tortuoso se ha transformado en algo demasiado “normal”.

Kayla renunció a la posición de privilegio que tenía su integridad física no solo para darle un nombre al problema, sino para actuar en función del lema “enfrentar al poder con la verdad”. No se mantuvo callada sobre la violencia ejercida por el status quo en los Estados Unidos, que relacionaba con la capacidad de los estadounidenses para aceptar la violencia dirigida contra los “terroristas” en nombre de la libertad. Los pacifistas trabajan no solo para poner fin a las guerras, sino para reducir la opresión económica, raíz de cuantiosos conflictos. Kayla trabajó por igual en su país y en el exterior en favor de quienes sufrían de inequidades económicas, al considerar que eran conflictos del mismo tenor. Protestó vestida de mameluco anaranjado en Fuerte Huachuca, una base militar donde se imparte entrenamiento sobre “técnicas de interrogación mejoradas”, con pleno conocimiento de las diversas formas de tortura que también se practican en las prisiones locales.

Kayla nos enseñó a todos a formular preguntas, pero —por sobre todo— a cuestionar las respuestas. Aprendió francés y estaba estudiando árabe y coreano. Leía profusamente sobre la economía política de Asia occidental, sin dejarse engañar jamás creyendo que las guerras se trataban de suníes contra chiíes. Ya en el 2002, defendió la instauración de una zona de exclusión aérea en Siria y condenó los bombardeos con vehículos aéreos no tripulados por considerarlos tan brutales como cualquier táctica de ISIS. Durante su corta vida, trabajó para modificar las políticas estadounidenses relativas al militarismo y la violencia. Decidió trabajar con quienes sufrían las consecuencias de dichas políticas: “Realmente estamos demasiado ocupados con nuestra rutina, nuestro trabajo y nuestra familia. Sin embargo, debido a mi vida estadounidense privilegiada, he podido construir deliberadamente mi vida de manera tal que este ideal [la lucha por más libertad y justicia] pueda ser mi vida y mi obra].

Lo expresado por Kayla hace eco de las famosas palabras pronunciadas por Daniel Berrigan durante la guerra de Vietnam (No Bars to Manhood, p. 49):

Por supuesto, te suplicamos que haya paz. Pero, al mismo tiempo, déjanos tener normalidad… No hay paz porque no hay pacifistas. No hay pacifistas porque la construcción de la paz es al menos tan costosa, tan exigente, tan perturbadora y tan expuesta a traer a su paso desgracia, cárcel y muerte como la guerra.

Kayla Mueller renunció a la normalidad para ayudarnos a ver que la peor crisis humanitaria en un siglo en Asia occidental no es normal. Su vida como pacifista nos convoca a actuar. Mi elección o la elección de los demás puede no ser igual a la de Kayla, pero todos podemos optar por una cuestión, por una pasión, y destinarle una innumerable cantidad de dedicación y horas a la lucha por la paz con justicia.

Carol Thompson, Ph.D., es académica activista y profesora jubilada (de economía política internacional) por la Universidad del Norte de Arizona, donde Kayla Mueller tomó clases con ella sobre África meridional. En palabras de Carol, “Kayla se transformó rápidamente en mi profesora”, enseñándole sobre la resistencia contra las injusticias en Asia occidental. Carol también es coautora de Biopiracy of Biodiversity – Global Exchange as Enclosure, libro editado por Africa World Press.