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“Vigilen sus espaldas” – Comentarios sobre la militarización de Sri Lanka

Prasanna Ratnayake

Sri Lanka tiene una larga historia de violencia armada y masacres desde que se independizó de Gran Bretaña en 1948. Hubo disturbios étnicos en 1953, ‘58, ‘77, ’83 y ’87; dos levantamientos en 1971 y 1986-90; y 30 años de guerra civil entre los Tigres de Liberación del Ealam Tamil (LTTE, por la sigla en inglés, o tigres tamiles) del Norte y el Este y los nacionalistas cingaleses del Sur. La guerra finalizó el 19 de mayo de 2009 con la masacre de decenas de miles de civiles tamiles. Para ese entonces, más de 300.000 personas se habían convertido en desplazados internos.

Art Exhibition, ColomboArt Exhibition, Colombo

Los puntos de este texto abordan los 10 años desde que Mahinda Rajapaksa, exabogado especialista en derechos humanos, asumió el poder en noviembre de 2005 hasta la caída de su régimen, el 9 de enero de 2015. Una combinación de partidos políticos —ultranacionalistas budistas cingaleses, socialistas, marxistas y el partido de los monjes budistas— había apoyado la candidatura de Rajapaksa. Desde el momento en que se convirtió en presidente, prácticamente de la noche a la mañana, ingresamos en el período de lo que se convertiría en un estado militarizado por completo. Una mañana, nos despertamos y encontramos puntos de control del ejército, vehículos militares, policías y soldados por todas partes. Cynthia Enloe lo describió muy bien: ““La militarización es el proceso paulatino por el cual algo pasa a ser controlado por, depende de o deriva su valor del ejército como institución o de criterios militaristas” (Maneuvers: The International Politics of Militarizing Women's Lives, University of California Press, Berkeley, 2000).

En 2005, tuvo lugar el tercer año del cese al fuego de la guerra civil, mediado y monitoreado por los noruegos. Había habido algunas rondas de conversaciones de paz, pero se había avanzado poco y se sabía que la interrupción de los enfrentamientos había sido usada por los dos bandos como preparación para el próximo asalto.

Colombo universityColombo university

En el Sur, con la llegada de los Rajapaksa, la militarización no se vio solo en las calles. Todos los medios de comunicación masiva habían cambiado de tono: la militarización se volvió predominante y la cultura popular se convirtió en cultura militar. En lugar de dar noticias sobre las conversaciones de paz y los dividendos de la paz, los artistas, los cantantes, los actores y los modelos de alta costura pintaban, cantaban, bailaban, desfilaban y hacían anuncios patrióticos. Se emitían una y otra vez videoclips de películas sobre las atrocidades cometidas con anterioridad por los tigres tamiles —por ejemplo, la explosión de una bomba en 1987— para aumentar el temor, el odio y la inseguridad entre los cingaleses y prepararlos para el regreso a la guerra.

Se diseñó un concurso para el personal militar basado en American Idol: ¿quién podría cantar mejor una canción patriótica? Un anuncio publicitario mostraba a una mujer con varios meses de embarazo que le cedía su asiento en el autobús a un soldado. Los bebés y los niños tenían vestimenta con camuflaje y las mujeres usaban bufandas con estampado camuflado. Los individuos y las empresas juntaban cantidades enormes de dinero para garantizar el bienestar de los soldados. El reclutamiento se disparó. Se mostraba a los líderes religiosos en los noticieros de televisión mientras bendecían a nuevos contingentes armados. Las fuerzas civiles de defensa se instalaron en templos budistas y las escuelas montessori se convirtieron en centros de coordinación para los programas de “fortaleza nacional”.

Al mismo tiempo, los tigres tamiles continuaron con su gobierno militar ya de por sí severo: reclutaron niños para ser soldados, monitorearon toda la actividad civil, controlaron los bancos, los servicios postales, el transporte, las escuelas, su propio sistema jurídico, compraron más equipamiento militar y enviaron atacantes suicidas al Sur.

En menos de un año, se reanudó la guerra. Las fuerzas cingalesas tardaron tres años para aplastar definitivamente a los tigres tamiles. El presidente Mahinda describió esa masacre como una “operación humanitaria” en la que no hubo ninguna víctima civil: “Nuestras tropas llevaban un arma en una mano y una copia de la carta de los derechos humanos en la otra”. El hecho de que esta operación conllevó mentiras, ejecuciones extrajudiciales, masacres y una cantidad incontable de delitos contra la humanidad ha quedado bien documentado en la cobertura de la prensa extranjera y en un informe de las Naciones Unidas que afirmaba que al menos 40.000 civiles fueron asesinados en la batalla final. Otros organismos aseveraron que el total de víctimas fue mucho más grande. Esas denuncias dieron lugar a demandas reiteradas para que Sri Lanka se presentase ante un tribunal internacional de crímenes de guerra.

La militarización no terminó con la victoria final. Pocos meses después de haber comenzado el 2010, el héroe de guerra y presidente Rajapaksa convocó a elecciones y ganó con facilidad su segundo mandato. Hizo importantes reestructuraciones del gabinete. Su hermano Gotabaya, uno de los ideólogos de la guerra, continuó como Secretario de Defensa y el Ministerio de Defensa se hizo cargo de la cartera de la Dirección de Desarrollo Urbano.

La Dirección de Desarrollo Urbano empleó soldados para trabajar en el nuevo Proyecto de Embellecimiento de la Ciudad, lo cual implicó despejar los barrios marginales para poder vender los terrenos a inversionistas chinos e indios, crear y administrar parques públicos, áreas de juego, centros comerciales, hoteles para turistas, restaurantes, salones de belleza y otras mejoras.

Por orden del presidente ejecutivo, Mahinda Rajapaksa, a todos los estudiantes universitarios se les exigió hacer un curso de disciplina militar y a todos los directores de escuelas se les exigió recibir entrenamiento militar, donde fueron convertidos en coroneles.

Los exmilitares tomaron el control de los servicios civiles y extranjeros, y en las ciudades los hombres merodeaban por las calles cada 100 metros monitoreando quién pasaba y qué ocurría. Usaban vestimenta civil pero aún tenían sus botas militares. Los “secuestros en camionetas blancas”, que habían comenzado en 2005, se apoderaron de cada vez más cantidad de personas, donde los periodistas eran un blanco en particular. Algunos simplemente desaparecieron, otros fueron encontrados muertos algunos días después con marcas de haber sido torturados. La violencia extrema se volvió normal y el régimen nos mantuvo bajo las riendas de su terrorismo de estado. Cientos de periodistas y activistas de los derechos humanos huyeron del país. El presupuesto de defensa nacional fue más elevado que durante la guerra.

En las regiones tamiles del Norte y el Este que habían sido conquistadas, el personal militar cingalés reemplazó a todos los gobernadores, los administradores locales y los policías. En Jaffna, había un soldado cada diez habitantes del lugar y la demografía se encontraba en cambio. El gobierno organizaba viajes de turismo de guerra destinados a los sureños, para que vieran el monumento a la victoria, el territorio conquistado y las personas traumatizadas.

El 9 de enero de este año, casi por milagro, el régimen de Rajapaksa perdió las elecciones. El nuevo gobierno se ha movido con cuidado y cautela para comenzar el proceso complejo de traer cordura a un país frágil, acobardado y exhausto. El objetivo es reinstaurar la ley y el orden, sanar el vínculo roto entre las comunidades étnicas y religiosas, crear confianza en el gobierno y en la sociedad civil desde la base y recuperarse del tsunami de injusticia y crueldad.

En los últimos tres meses, se han realizado movimientos sensatos y alentadores. Quiero creer que la cantidad enorme de trabajo necesario para la transformación continuará; que podemos tener un futuro en paz, reconciliación y unión. A decir verdad, después de toda una vida de brutalidad y horror, aunque siempre creí en la resistencia y la creatividad de mi pueblo, tengo miedo de sentir demasiada confianza. No quiero terminar así, pero una vez más Cynthia Enloe lo expresó bien: “Lo que se ha militarizado se puede desmilitarizar. Lo que se ha desmilitarizado se puede remilitarizar”.