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La carrera por el petróleo del Caspio: ¿a qué coste humano?

Lindsay Barnes

El interés internacional por los antiguos Estados soviéticos de Asia central y el Cáucaso, ricos en recursos naturales, ha aumentado espectacularmente en la última década. ¿Por qué el petróleo y el gas caspios se han vuelto de repente tan importantes para el mercado energético global? ¿Cuáles son las consecuencias para los habitantes de la región, inmersos en sacar a flote unas incipientes democracias?

La cuenca caspia es rica en petróleo y gas. Los Estados que bordean la cuenca están decididos a generar una gran riqueza a partir de la venta y transporte de sus reservas. Sin embargo, las reservas caspias, si bien cuantiosas, no se pueden comparar con los recursos más abundantes y más baratos del Golfo Pérsico. ¿Por qué invierte la nación más poderosa del mundo, EE UU, tanto tiempo y tantos recursos financieros en asegurar la defensa de sus intereses en los países caucásicos (Armenia, Azerbaiján y Georgia) y de Asia central (Kazajstán, Kirguizistán, Tajikistán, Turkmenistán y Uzbekistán)?

Antecedentes de la estrategia de EE UU

EE UU y algunos de sus más devotos aliados dependen de que el suministro de gas y petróleo sea abundante. Sin embargo, los EE UU se enfrentan a un deterioro de sus relaciones con Arabia Saudí - su principal proveedor de petróleo- e Irán. Sumado al carácter inestable de Oriente Medio, los EE UU se ven cada vez más obligados a buscar proveedores alternativos a fin de reducir la dependencia de esa fuente. Hasta la fecha, la inyección de capital en la cuenca del Caspio ha sido monumental.

Se calcula que EE UU y Occidente han invertido más de 50.000 millones de dólares en la zona desde que se independizó de la Unión Soviética, de acuerdo con un informe del Instituto para el Consejo Atlántico y Asia Central-Cáucaso de la Universidad John Hopkins. Parte de ellos se han destinado a proyectos multimillonarios de oleoductos estadounidenses en el Cáucaso meridional.

Sin embargo, esta afluencia de capital extranjero está resultando ser una espada de doble filo para la población local. Por un lado, estas inversiones revelan que existe un interés externo en promover la estabilidad en los Estados estratégicos. Por ejemplo, EE UU necesita mantener el acceso a la región propiciando un orden geopolítico estable y permitiendo que la región persiga sus propios intereses económicos. Pero el interés de EE UU no termina ahí.

Nuevos planes de EE UU

EE UU también tiene intereses políticos y estratégicos más amplios que exigen que haya estabilidad en la región. Un conflicto en aquellos territorios tendría repercusiones sobre otras zonas de gran importancia estratégica para EE UU - Oriente Medio, Europa y el noreste asiático. Con este fin, EE UU se ha concentrado en establecer una presencia militar.

Los planes que se están desarrollando en las bases militares estadounidenses de Kirguizistán y Uzbekistán ayudarán a la potencia mundial a poner en práctica una estrategia a largo plazo. "Al penetrar en Asia central, EE UU ha logrado dos objetivos importantes a la vez: ocupar una posición estratégica entre Rusia y China y disponer de bases militares desde las que poder operar en Afganistán e Irán" resumió Ucha Nanuashvili de la Internacional de Resistentes a la Guerra en Georgia. Afganistán planteaba un dilema especial a EE UU. Con fronteras con los cinco Estados de Asia central, representaba un obstáculo ante cualquier intento de estabilizar la región. La guerra civil del país y el empobrecimiento general de su población amenazaban la seguridad de sus vecinos, incluido el Cáucaso meridional. Se hizo evidente que el apoyo que facilitaban algunas de las principales potencias eurasiáticas - China, Irán, Pakistán y Rusia- a bandos contrarios del conflicto afgano reduciría las probabilidades de que se llegara a ningún tipo de acuerdo en el Cáucaso meridional. Esta última región, mientras tanto, ha cobrado también un gran interés.

El Cáucaso meridional forma un corredor de transporte para el gas y el petróleo caspios, proporcionando un enlace con el mar Negro y el Mediterráneo y, por ende, el suministro a Occidente. EE UU tiene, pues, un interés enorme en asegurar la estabilidad del Cáucaso meridional, en especial en Georgia y Azerbaiján. Ambos parecen resueltos a sacar partido de los esfuerzos de la diplomacia norteamericana para incrementar la seguridad, algo que no se puede afirmar con tanta certeza de Armenia y los Estados de Asia central.

Armenia es el único de los ocho Estados en cuestión que ha mantenido su relación con Rusia, y también mantiene estrechos lazos económicos con Irán. A consecuencia del enfriamiento en las relaciones norteamericanas con Rusia e Irán de los últimos años, es probable que Armenia se vea excluida de las inversiones económicas occidentales, a no ser que esté dispuesta a hacer concesiones. Por otro lado, la inversión extranjera continuada está casi garantizada para la explotación de las reservas petrolíferas de Azerbaiján, Kazajstán y Turkmenistán, pero es de prever que se exigirán medidas de seguridad más estrictas para satisfacer a los inversores.

Frágil seguridad

La seguridad en la región es frágil, aunque en parte sintomática del pobre desarrollo social, político y económico de la antigua Unión Soviética. Los nuevos Estados se enfrentan a un clima de creciente descontento político en el interior, al tiempo que las escaramuzas fronterizas son cada vez más frecuentes. Otra amenaza para la estabilidad es el narcotráfico, especialmente el de opio; sin embargo, existe una amenaza aún mayor al desarrollo pacífico de la región y que tiene otra procedencia.

Irónicamente, mientras los países que bordean la cuenca caspia se encuentran ante al potencial de generar una gran riqueza por la venta y transporte de sus recursos naturales, en estas naciones se respira un fuerte clima de miedo respecto a su futuro. La cuestión de quién va a controlar los recursos y cómo se utilizarán los mismos es de la máxima importancia.

Grupos como Caspian Revenue Watch (Obervatorio de ingresos caspios) y el Proyecto para Eurasia Central están decididos a que los fondos generados a partir de dichos recursos naturales beneficien a los habitantes. Al exigir transparencia en el uso de los ingresos y responsabilidad por parte de las empresas de extracción y los gobiernos, persiguen asegurar una mejora en las condiciones de vida de la sociedad civil y el desarrollo de la región. Abogan por el uso de fondos para la reducción de la pobreza, la educación y la sanidad pública. Sin embargo, la inversión en educación, sanidad y servicios similares está disminuyendo, según un informe del Instituto del Consejo Atlántico y Asia Central-Cáucaso de la Universidad John Hopkins. Los regímenes gobernantes presentan un dilema considerable.

Al obtener la independencia de la Unión Soviética e iniciarse un periodo de rápida transición, los Estados de Asia central y del Cáucaso adoptaron brevemente la retórica democrática. Sin embargo, sus líderes políticos han impuesto su autoridad sin ningún escrúpulo y ejercen un férreo control sobre sus respectivas poblaciones, en una irónica imitación del antiguo gobierno al estilo soviético.

De este modo, muchos de los principios básicos de una sociedad abierta -tales como el Estado de derecho, la democracia, las organizaciones cívicas y el acceso a la información- se encuentran seriamente amenazados. Los dirigentes políticos, en respuesta al creciente descontento político, han apretado las tuercas, acentuando así la inestabilidad interna, según un informe aparecido en la publicación ,, Open Society News".

La sociedad civil bajo presión

El pronóstico para el desarrollo civil en el futuro próximo es poco halagüeño.

Se han mermado considerablemente las filas de aquellos que defienden alternativas sociales y políticas. En general, la oposición política ha sido borrada del mapa, desarticulada u obligada a hacer concesiones. La única amenaza importante a la autoridad estatal en Asia central procede de los militantes armados del Movimiento Islámico de Uzbekistán, según afirma Justin Burke, editor del Instituto Sociedad Abierta. El conflicto y la violencia han provocado un desplazamiento generalizado de personas. Según Ucha Nanuashvili, "en la última década, millones de personas han sufrido los trágicos efectos de la guerra étnica, religiosa, nacionalista, racial y de clanes que se está librando en la región del Cáucaso meridional". Se calcula que en esta zona hay un millón de refugiados y personas desplazadas internamente.

La prensa independiente de la región se enfrenta a medidas cada vez más represivas desde hace unos años. En consecuencia, un número creciente de activistas y periodistas por los derechos humanos han asumido la tarea de emitir comunicados de alerta sobre violaciones de estos derechos, utilizando Internet para localizar y difundir información por la red. "Su esperanza es mantener el debate público sobre los valores democráticos en el orden del día hasta que los gobiernos actuales den paso a la siguiente generación política, que tal vez esté más dispuesta a abrazar los principios pluralistas", comenta Justin Burke.

Escribió que durante una entrevista con Open Society News, el activista de derechos humanos Ramazan Dyryldaev dijo que los derechos humanos no son respetados en Asia central: no existen medios de comunicación independientes y los ciudadanos no pueden ejercer sus derechos políticos, aunque tales derechos les sean garantizados por la Constitución.

El vacío informativo sobre los derechos humanos es un problema de primera magnitud, y lo ha sido siempre desde el régimen soviético. El pueblo carece del conocimiento más elemental sobre sus derechos, lo cual les deja a merced de la tiranía de los funcionarios y sus jefes. Peor aún, "la ignorancia de los derechos humanos supone un gran obstáculo al desarrollo de la democracia", dijo Vladislav Okishev, presidente del Centro de Información Consultiva Pavlodar. Su organización está montando una biblioteca en Kazajstán que albergará información sobre derechos humanos, celebrará debates y publicará información legal para que la gente esté mejor informada. Lamentablemente se tiene noticia de que los gobiernos en cuestión se muestran cada vez más preocupados por la labor de dichos activistas y están lanzando una ofensiva contra sus actividades.

Desde el 11 de septiembre de 2001, los regímenes autoritarios de Asia central han aprovechado la "guerra al terrorismo" capitaneada por EE UU como pretexto para aumentar el control sobre sus respectivas sociedades, reforzando el papel de las fuerzas armadas y persiguiendo a los disidentes políticos en nombre de la lucha contra el extremismo.

Yevginiy Zhovtis, director del Buró Internacional de Kazajstán por los Derechos Humanos y el Estado de Derecho, describe a los cinco Estados como "repúblicas presidenciales con una excesiva concentración de poder en manos de los jefes de Estado", en las que el poder ejecutivo prevalece sobre el legislativo o judicial. ,,Las críticas occidentales a los regímenes autoritarios de Asia central se han visto algo silenciadas, sobre todo después de que varios de los países de la región hayan autorizado el uso de su territorio o espacio aéreo a la coalición antiterrorista."

Si bien muchos esperaban que el interés internacional haría crecer la presión por la estabilidad -y aún puede hacerlo-, y con ella un movimiento hacia la democracia, los actos de represión no han hecho sino empeorar en los últimos años. Mientras el mercado mundial de la energía se frota las manos en previsión de la riqueza en recursos del Caspio, las perspectivas de paz y prosperidad para la región siguen siendo del todo inciertas.