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Israel y los Territorios Autónomos de Palestina

Andrew Rigby

Cuando Osama Bin Laden lanza su amenaza de que en Estados Unidos no habrá seguridad mientras no "la vivamos y la veamos en Palestina", expresa un sentimiento que se extiende por todo el mundo árabe (y musulmán). Cuando habla de los tanques israelitas que "siembran la destrucción en Palestina: en Yenin, Ramnallah, Rafah y Beit Yala", invoca el símbolo de la vergüenza árabe y la hipocresía norteamericana, pues no cabe ninguna duda de que la ocupación ilegal de territorio palestino por parte de Israel, y el comportamiento criminal que lo mantiene, no sólo es tolerada por EE UU, sino que no sería posible sin la ayuda y el apoyo norteamericanos. En palabras del ministro de Exteriores jordano, "para triunfar en la lucha contra el terrorismo tenemos que atacar el problema de raíz... Es de todos conocido que la principal causa de sufrimiento es la desesperación que impera por la falta de respeto por los derechos nacionales de los palestinos". Mientras los palestinos no sean reconocidos como un pueblo con derechos humanos, el mundo seguirá enfrentado al miedo y al terror.

Una realidad dual

Mientras escribo me viene a la memoria un amigo palestino, un plácido hombre de familia. En 1991, durante la guerra contra Irak, él y sus amigos subían al tejado de su casa y lanzaban vítores al paso de los mísiles Scud que se dirigían a Tel Aviv procedentes de Irak. ¿Por qué? Porque ahora los israelitas sentirían en carne propia algo del miedo y el dolor que eran el pan de cada día de los palestinos. Cuando lo vi por última vez hace dos años, estaba preocupado porque su hijo adolescente, Saeb, había empezado a tomar parte en actividades juveniles en la mezquita de su barrio y temía que pudiera ser reclutado por alguno de los movimientos islámicos opuestos al proceso de paz de Oslo. A menos de 50 kilómetros de la casa de Saeb vive Yair Halper, de 18 años, quien el 17 de octubre fue encarcelado por negarse a alistarse en el ejército israelita. En su declaración, Yair afirmaba que "como pacifista, objeto universalmente a todo ejército, no importa donde se encuentre, quien lo dirija o a qué fines sirva. Además, objeto concretamente al servicio militar en las fuerzas de defensa israelitas por motivos políticos. [...] Considero al ejército israelita como un mecanismo que acoge en sus filas todo aquello que yo rechazo. Cada soldado contribuye a su manera no sólo a perpetuar el desprecio absoluto de los derechos humanos de los palestinos, sino también a confirmar y fortalecer el Israel militar. [...] No quiero formar parte de un sistema que no valora los derechos humanos y que no cesa de violar, controlar y ocupar los territorios palestinos". Podría suceder que dentro de un año o así, si las cosas no cambian, Saeb entrara en una pizzería de algún lugar de Israel, con explosivos amarrados al cuerpo, se colocara al lado de Yair e hiciera detonar la bomba. Otro mártir, otra víctima, otro acto de terror. Ruego por que esto no suceda. Pero si sucede, entenderé qué es lo que llevó a Saeb a cometer tal acto: es lo que algunas personas se ven abocadas a hacer cuando se las obliga a vivir en la humillación, la vergüenza y la ira, sin ningún respeto por sus derechos como ser humano y sin conocimiento de ninguna otra alternativa más que la capitulación y la resistencia violenta.

Romper el ciclo de violencia

Algo se tiene que hacer para romper el ciclo de violencia y represalias en Israel-Palestina. Si no se detiene esta escalada, acabará por envolvernos a todos. Todos vemos cómo el pueblo norteamericano vive con nuevos temores desde el 11 de septiembre. La amenaza de violencia impregna y contamina todas las esferas de la vida.

¿Y qué sucede con los israelitas? Mientras provocan dolor y sufrimiento a sus vecinos, ellos mismos viven en una constante agitación, llenos de incertidumbre respecto a su futuro. Sueñan con la seguridad pero son demasiado temerosos para buscarla más que bajo sus propias condiciones. Les falta valor para renunciar a su dominio sobre los palestinos, están demasiado asustados para reconocer que nunca podrán disfrutar de una verdadera seguridad mientras les nieguen a sus vecinos lo que reclaman para sí.

Una sola lucha

Es por todo ello que debemos proclamar la valentía de los jóvenes que, como Yair Halper, se atreven a ir contra las convenciones, personas que a través de sus actos proféticos apuntan hacia un futuro alternativo en Oriente Próximo, un futuro que descanse sobre el reconocimiento de los derechos humanos para todos los habitantes de la región. Su lucha es, en un sentido muy real, nuestra lucha. Porque la paz en Oriente Próximo es una condición indispensable para la paz en el mundo.

Si la herida que es Palestina no se cura, supurará y, tarde o temprano, envenenará la vida de todos nosotros. Tal como observó recientemente Michael Ignatieff, "preguntar qué significa la victoria en la guerra contra el terrorismo es preguntar qué hace falta para que haya paz entre israelitas y palestinos."

Andrew Rigby es director del Centro de Estudio para el Perdón y la Reconciliación de la Universidad de Coventry, Gran Bretaña.