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El extranjero y la extranjera no cantan

Por Golo

En los primeros días de febrero se grabó a un grupo de militares trotando por las calles de Viña del Mar en Chile, cantando: “Argentinos mataré (bis), bolivianos mutilaré (bis) y peruanos degollaré (bis)”1
El video se subió rápidamente a la red y en pocas horas ya tenía cientos de visitas incluyendo a los medios de prensa burguesa, los cuales masificaron las imágenes en los noticieros centrales. La respuesta del gobierno no esperó, señalando que esto no correspondía al “espíritu” de las Fuerzas Armadas y que era un “hecho aislado”. Mientras tanto los militares mandaban cartas de excusas señalando la apertura a la investigación de lo sucedido. Estas declaraciones y supuestas acciones de transparencia son tan conocidas como el cuento de “Pedrito y el lobo” que ya no son tragables y mucho menos aceptadas, por lo menos para quienes no creemos en la institucionalidad.

Sin embargo, hay un punto interesante en los dichos del gobierno, punto que se contrapone con la cotidianidad y práctica de los militares: el espíritu del hecho y lo aislado que fue. Cuando el Estado dice que no está en el espíritu de las fuerzas armadas emitir mensajes xenófobos (fobia al extranjero) no condice con la existencia misma de los militares. La existencia formal de los ejércitos y los militares a lo largo de la Historia ha sido para “limitar”, “expulsar” o “ampliar” el espacio privado de todo lo ajeno a la elite política. Desde el faraón egipcio hasta los Estados democráticos han conglomerado capital humano junto a armas para defender la soberanía, es decir, el territorio. Si lo vemos de manera local, de los tres ejes estratégicos que tienen las fuerzas armadas en Chile, dos se alinean a la concepción original del militarismo: la defensa y la seguridad en conjunto con la cooperación internacional.

Si quisiéramos articular los conceptos de “soberanía”, “defensa” y “seguridad”, podríamos usar como conectores preguntas bastantes sencillas que sé haría cualquier persona, como por ejemplo ¿qué es lo ajeno que nos amenaza?, ¿a quiénes debemos expulsar? o ya más centrado a los ejes estratégicos de los militares chilenos, ¿de quiénes nos defienden? Las respuestas a todas las preguntas se puede completar con una sola palabra: extranjero (hablaré en masculino a propósito, porque a la “extranjera” se le trata de otra forma, no se expulsa como al extranjero, sí se viola o se utiliza), es decir, la articulación de estos conceptos gira en torno al “otro” amenazante y peligroso pasando a ser el centro, lo principal.

Decir que la xenofóbia no es parte del “espíritu” de las fuerzas armadas es dejar en puntos suspensivos las preguntas que utilizamos como conectores o simplemente ignorarlas. Lo mismo ocurre si observamos los cánticos como un hecho aislado, y podrían serlo si nos centramos en el espacio utilizado para cantar: lugar abierto, público y en presencia de un buen grupo de extranjeros aludidos. Sin embargo, no es un hecho aislado desde el punto de vista de la práctica y cotidianidad, ya que estos cánticos (y los discursos también) son la forma concreta de objetivizar quién es el enemigo y quién no. Por eso no es coincidencia que los cánticos militares se muevan a dos tonos: o de matar al enemigo o de ayudar a un camarada.

Los militares de Chile, Argentina, Perú, Bolivia y de todos los países tienen este tipo de cantos que “eliminan” al enemigo con imágenes cruentas y propias de una escena de “Rambo” o algún héroe de acción occidental u occidentalizado. Esta premisa le pone paños fríos a la situación desde la aceptación del hecho como algo “natural”. Tremendo error si queremos ser realmente críticos. La “naturalización” de estos actos invisibilizan el trasfondo y la argumentación del hecho y la superposición de la institución (en este caso, el ejército) en la sociedad que van desde la estética militar (moda) hasta el espaldarazo a campañas militares de gran envergadura como es lo que ocurre en Estados Unidos, donde la intromisión bélica a cualquier conflicto es aplaudido por un buen porcentaje de la ciudadanía.

¿Cabe preguntarse entonces, hacía dónde debe ir la crítica?, La respuesta a coro debería ser sencilla, propositiva y, a estas alturas, clásica: debemos criticar la institución misma y el militarismo. No está resuelto el tema con la prohibición de los cánticos militares en espacios públicos porque eso es legitimar la propiedad privada (“que en su espacio hagan lo que quieran”), tampoco es la eliminación de los cantos xenófobos porque terminaríamos con militares cantando “gangnam stile” mientras apuntan con un arma al “enemigo”, es decir, acercarían las prácticas propias del espectáculo para permeabilizar con militarismo a la sociedad.

La solución sigue siendo la crítica radicalizada y la puesta en marcha de cualquier proyecto que atente los espacios tanto físicos como imaginarios de la militarización, desde la ocupación de los espacios militares hasta la insumisión y la provocación de la rebeldía. En otras palabras, ser siempre extranjero y extranjera.