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Superando el trauma –haciendo frente a los recuerdos de la prisión

La prisión invisible tras la cárcel

Leyendo un periódico el otro día me encontré con las palabras de unas jóvenes que se habían marchado de casa: “Si quiero sobrevivir no debo confiar en las personas”. Esto es exactamente lo que oía yo a diario cuando estaba en prisión.

No empecé a escribir hasta que me liberaron. Quería hacerlo pero me resultaba demasiado difícil. Aunque sentía algo latente dentro de mí, no conseguía descifrar lo que era. Me sentía impotente, no tenía ganas de hacer nada. No quería ver a gente. Era un tiempo en el que estaba obsesionado con estar solo. Al ser tímido, había olvidado cómo mantener relaciones de igual a igual. Me abrumaba el miedo de pensar cómo me aceptarían los demás. Tampoco hice nada que hubiese supuesto una pérdida para mí. Aunque también es verdad que me he preguntado si tal vez estoy usando el hecho de haber estado en prisión como excusa para ocultar quien soy en realidad. ¿Y si la cárcel no se diferencia en nada de la sociedad y yo simplemente me desconcerté al haber sido arrojado a la cruda realidad que no había reconocido antes?

Intentaba analizarme a mí mismo, pero resultaba difícil verme de manera objetiva. O tal vez estaba evitando hacerlo y diciéndome a mí mismo hipnóticamente que estaba bien. No quería que pareciese que estaba haciéndome la víctima.

Lo que me queda – los recuerdos de mi estancia en prisión

Al final he reflexionado sobre el tipo de relaciones que tuve en la prisión, la clase de recuerdos que me han quedado y cómo me han dejado indefenso. ¿Es acaso normal volverse como soy yo hoy sin haber pasado por la cárcel?
He intentado averiguar el origen de mi rechazo a las relaciones. Desde que estuve en prisión he adquirido dos actitudes: reserva a la hora de mostrar hospitalidad a los demás, y la creencia de que tengo que hacer las cosas por mí mismo. Ambas están relacionadas: mientras no tenga intención de llevar a cabo gestos de buena voluntad hacia los demás, no espero recibir su hospitalidad y por lo tanto, intento sobrevivir por mi cuenta.

Algunas experiencias que viví en el ambiente nuevo que era la cárcel, me enseñaron a “leer” a los demás. Para protegerme a mí mismo tenía que saber si mis compañeros de celda estaban de mi lado o eran mis enemigos. Según iba mejorando en la lectura de los demás me puse cada vez más a la defensiva con respecto a las relaciones con los demás. Casi siempre dudaba si dar la impresión de ser amable por miedo a que lo considerasen una debilidad y/o manipulación. Esto podría llamarse una estrategia para mostrar indiferencia. Con el tiempo llegué a interiorizar el pretexto de no reconocer las dificultades de los demás. En lugar de acercarme a la gente, quería que ellos se acercasen a mí; además culpaba y juzgaba a los que no lo hacían. El siguiente paso fue caer en un círculo vicioso de culparme a mí mismo por no ser la persona que me habría gustado ser. Supongo que éste es el origen mi aversión actual a conocer gente.

Traté de hacer frente a los problemas por mi cuenta en consideración a los que me apoyarían fuera de la cárcel y que podrían llegar a preocuparse si se enteraban de mis dificultades. Sin embargo, tras tener más conflictos tanto con los guardias como con otros prisioneros, me di cuenta de que era inevitable tratar los problemas por mi cuenta para sobrevivir. Me retraía cada vez más con la idea de que no podía confiar en los demás porque seguramente me harían daño si lo hacía. Era más fácil decidir las cosas por mí mismo que comunicarme; llegué a evitar los problemas y los conflictos que podían producirse al interactuar con los compañeros de celda.

Aún sin salir de la cárcel

Una vez que salí de la cárcel, me encontré con un nuevo reto cuando participé en un entrenamiento de noviolencia para entrenadores. Una de las sesiones se llamaba “Tiempo de amigos”. Me habría gustado romper el muro que rodeaba mi corazón mostrando una simpatía incondicional a mi compañero, al que no conocía de antes. Durante la sesión recibió una llamada que le informó de que un familiar suyo había muerto. Me pidió que le acercase: me encontré entonces ante un dilema porque le quería ayudar, pero eso habría supuesto perderme el resto del taller. Alguien me dijo que me quedase. Me quedé helado. Me entró miedo y empecé a tiritar mucho. No podía permanecer ahí. Unos días más tarde me enteré de que la persona que me dijo que me quedase sólo intentaba ayudarme: no me ordenó, sino que me aconsejó, pensando que me beneficiaría. Reflexionando sobre el significado de la forma en que había respondido me di cuenta que había sentido la sensación familiar de humillación que había experimentado repetidamente al enfrentarme a la autoridad en prisión. Es evidente que hay más recuerdos latentes grabados en mí de lo que yo pensaba.

El programa de curación del trauma

Tres meses después de salir de la cárcel participé en un programa de curación para objetores de conciencia que han cumplido su condena en prisión. El moderador nos contó una historia que invocó mis recuerdos de la cárcel. Era una historia sobre clientes suyos que eran supervivientes de torturas. El recuerdo más difícil para estas personas no era solamente el ser agredidos físicamente, sino las amenazas de las autoridades de que harían daño a sus familias. Les traumatizó el tener que “rendirse” a pesar de sus convicciones.

Recordé cuando un día tuve que seguir pidiendo perdón a los guardias aunque no creía haber hecho nada malo. Cada vez que recuerdo este hecho me hundo y me siento indefenso y siento la garganta agarrotada por la rabia. Los guardias sabían muy bien lo que querían los reclusos, como la libertad anticipada o la visita de algún familiar y lo utilizaban para lograr la sumisión. A pesar de la injusticia no tenía más remedio que mostrar que me rendía a fin de conseguir lo que quería. Sentí una gran sensación de vergüenza y desamparo.

Muchas veces oí a la gente decir: “Otros objetores también han sido como tú”. Estas palabras eran en cierto modo consoladoras, pero a la vez me hacían dudar si hablar o no sobre mi propia experiencia, por miedo a ser acusado de repetir lo que otros ya habían dicho. Me sentía incómodo y me encogía cuando oía a alguien decir: “Vas a hablar de nuevo sobre tu historia en la cárcel, ¿verdad?”. Debido a esto me resultó muy útil mi participación en el programa de curación del trauma porque en él me sentía cómodo hablando sobre mi experiencia. Al escuchar las historias de otros objetores de conciencia me di cuenta de que es como si se tratara de una memoria colectiva, lo cual también me aseguró que yo no era la causa del problema. En una de las sesiones, el moderador señaló que teníamos que convertir ese sentimiento de vergüenza en un sentimiento de ser insultado para así poder visualizar al delincuente y escapar del estado de mea culpa. Ese consejo parece haber permanecido conmigo hasta la fecha.

Avanzando

“Haz que no busque ser consolado, sino consolar; ser comprendido, sino comprender; ser amado, sino amar”. Este pasaje me hizo mucha mella cuando fui a un servicio católico en prisión. Yo ni consolaba ni amaba a los demás. Por supuesto que a veces me comprometía con alguna relación, pero en general me sentía avergonzado de los recuerdos pasados. Por una parte podía ser vergüenza por el hecho de no conectar con otra gente como seres humanos porque yo les prejuzgaba. También se podía deber a la sensación de vergüenza que sentía hacia mí mismo al recordar cómo me rendí tan fácilmente a las autoridades sin ser fiel a mí mismo.

Me aferro a la creencia de que todo tiempo es valioso; esto fue lo que me ayudó a superar la cárcel. No voy a juzgar esa época inadvertidamente, ni echar la culpa a los demás ni a mí mismo. No debo olvidar que hay quienes aún están dispuestos a escucharme y a apoyarme con afecto. Vivir sin lamentar la decisión de haber ido a la cárcel: esto es lo que más deseo en este momento.

Myungjin Moon
(Traducido del inglés por Nayua Abdelkefi)