El uniforme sexual

Artículo en El Fusil Roto No 87, diciembre 2010, en la edición especial sobre América Latina

Pelao Carvallo

El uniforme militar esconde bajo el camuflaje verdeolivo, caqui pálido, azul marino o blanco nieve un otro uniforme desplegado en el mismísimo cuerpo que sostiene el ropaje guerrero. Allí, bajo la forma de piel y pelos se encuentra el uniforme sexual: ese acto de fe que nos convierte en hombres a los hombres y en mujeres a las mujeres, sea cual sea nuestra identidad, deseo o práctica. Para lo militar (y los diversos militarismos) el sexo vendría a ser la última certeza y el último orden. Mientras eso se sostenga firme, hay espacio para una sociedad jerárquica, conservadora, guerrera, militarizada. Porque pese a todo, pese al deseo, la identidad y la práctica sexual y las disquisiciones respecto al género, allí, en algún lugar en la entrepierna está el orden que lo sostiene todo: se es hombre y se es mujer. No hay más. Una u otro. Eso es el orden, esa es la realidad, lo cierto.

En lo básico, ese uniforme sexual, para lo militar y los militarismos diversos, es natural, biológico, científico, irrebatible. Una convicción más firme que un bunker, más sólida que un obús. Una convicción indiscutible y donde se resuelven todas las anormalidades. Todo finalmente es negociable, menos esa fortaleza: el sexo.

Se podrá follar con lo que sea, se podrá coger con quien se quiera y se podrá culiar con cuantos y cómo sea. Podrá disfrazarse uno de lo que sea, mostrarse del modo que se quiera, identificarse con lo que venga en gana, ser lo que sea, pero siempre será transitando de macho a hembra, de hembra a macho. Sobre ese límite esencial se juega la superioridad del conservadurismo militar y militarista. Porque se trata, desde la óptica militar de una guerra de largo aliento, donde casi todo son ataques de diversión para resguardar la fortaleza del sexo definitivo y natural. En esa perspectiva se avanza y retrocede a lo largo de un universal frente de batalla, ganando espacios en algunos lados y perdiendo ninguno en ninguna parte, porque todo casi absolutamente es combate de diversión, distracción. No está en juego nada importante pero hay que mantener el fuego muy lejos de los puntos vitales.

Así que da lo mismo si se es trans o no, si es es cis o no, si se es inter o no. Mientras todo se debata bajo el sólido consenso del sexo binario todo está bien. El patriarcado no está en debate y las formas militares, por tanto, tampoco lo están. Se trata de sostener el límite lo más lejos de lo esencial, para eso el debate sobre libertades, borto, familia, sexo infantil, En ese sentido serán funcionales al militarismo todas quienes sostengan posiciones esencialistas sobre el sexo tanto como quienes sostengan los más rancios y machistas conceptos patriarcales respecto al orden y sistema-mundo. Cada cual en su rango, aporta a la mantención del orden ontológico que plantea la fe binaria esencial.

Por cierto, cada batalla es importante, cada terreno valioso, cada pérdida insustituible, toda baja es irreemplazable. La guerrilla abre espacios, desarticular lo patriarcal aunque sea un poco (¿es posible eso?) es una ganancia tremenda. La despatologización trans, poner atajo a la violencia machista, autogestionar el empoderamiento de las cismujeres, deconstruir la supremacia de los cis-hombres, el debate intersex, la explosión queer, aun no totalmente domesticada son escenarios de choque y apertura del sólido bloque defensivo de un patriarcado firmemente anclado en dos pilares, hasta hoy, imbatibles: existe hombre, existe mujer. Y todo lo demás se da en ese marco.

Lo militar pues promueve esa fe y produce alianzas para sostenerla. Abandonan así las fuerzas el más burdo machismo para incorporar con entusiasmo primero mujeres, luego gays, luego la diversidad toda, pues manteniendo la igualdad jerárquica del sometimiento autoritario del modelo de mando/obediencia y el uniforme sexual binario todo se mantiene en orden puesto que ambos conceptos se retroalimentan y sostienen.

La debacle de este orden militarista se produce en la puesta en duda, en la no creencia, en la incerteza , en el no aceptar como dada la identificación biopolítica y médico-gubernativa de ser hombre o ser mujer y los tránsitos entre ambas clasificaciones. Se trata de romper el molde no sólo de las identidades (dejar de ser, pasar a estar) y de los deseos sino de las certificaciones (dejar de creerse, dejar de asignarse), por qué ¿qué es ser hombre? ¿qué es ser mujer?, sino asumir un uniforme sexual dado por la máquina militarizada de esta sociedad biopolíticamente controlada desde un poder que se piensa natural, biológico y por ello explica de ese modo (biológicamente) su legitimidad: es natural, es científica, es real. Tú eres hombre, tú eres mujer.

Y nosotres aceptamos ese uniforme sin darnos vuelta la chaqueta, sin embarrar las botas, sin tirar al suelo las jinetas. El amparo del militarismo en el debate de género está en la incuestionabilidad del sustrato sexo. Porque esa fe mantiene posiciones, jerarquías, conocimientos, saberes, poderes, economías, historias y sueldos. Las mantiene en lo militar y en lo civil estableciendo alianzas incluso advenedizas en tanto la convicción ontológica es la misma para una feminista abortista como para un comandante militar: uno cree que es hombre, la otra cree que es mujer. Todo está bien, todo está muy bien.

Y que queda para les antimilitaristes... lo mismo: saber donde situarse, discutir que fe se tiene, que convicciones arraigadas se tienen y que se sostienen con ellas. ¿Hacemos con lo que hacemos más hombres a los hombres y más mujeres a las mujeres? ¿Aceptamos gustosas el molde binario porque nos da un lugar y paz en el mundo? Y ese lugar que aceptamos (cuando nos dejan aceptar) ¿es el lugar cómodo del bien nacido o el incómodo de la refractaria?

Cierto desde una posición de resistencia antes que hombres seremos mujeres, antes que cis seremos trans, antes que ciertos seremos inters, pero desde una posición de construcción antes que algo seremos nada, antes que certeza bioconformista seremos duda conducente, antes que comodidad identitaria seremos refractarias a la norma desde un deseo en ebullición.

Porque la violencia es también el dogma irrebatible y el consenso obligatorio y noviolencia es el rechazo a la imposición y a ser cómplices de ello. Desandar el sendero de la certeza obligatoriamente consensuada del sexo forma parte de una acción directa antimilitarista como ética y política.

Pelao Carvallo

Referencias:

  • María Llopis, El PostPorno era eso, ed. Melusina, 2010
  • Sandro Mezzadra, comp. Estudios Postcoloniales, ensayos fundamentales, ed. Traficantes de Sueños, junio 2008
  • Colectiva Libertaria D-género Proyectil Fetal
  • Grupos de Lectura de La Comuna de Emma, Chana y Todas las Demás