La violencia cotidiana

La violencia cotidiana es una forma de violencia muy difícil de sobrellevar y aún más dura de erradicar. Cuando el comportamiento y las acciones violentas se convierten en parte de la vida diaria, cuando la gente no es capaz de vivir sin temor a ser amenazado, golpeado, expulsado de su casa o, incluso, asesinado, podemos entonces diagnosticar violencia cotidiana.La violencia cotidiana puede ser llevada a cabo tanto por las fuerzas del estado –cuando la policía o el ejército son los que usan la violencia contra sus propios ciudadanos-. También podemos hablar de la violencia perpetrada por los grupos paramilitares, al “otro lado” de la ley, pero normalmente profundamente conectados con, al menos, algunas estructuras del estado. La violencia cotidiana también es la llevada a cabo por los grupos criminales que controlan vastos territorios en muchos países, llevando algunos a ser considerados “estados fallidos”. Para muchos millones de mujeres en todo el mundo, es violencia en las calles o en sus hogares,  a manos de sus parejas íntimas o personas ajenas. Las otras formas de violencia cotidiana también están profundamente enraizadas en el género ya que sus impactos son desequilibrados, afectando a los hombres y las mujeres de manera diferente, incluyendo la violencia sexual contra las mujeres por parte de militares, paramilitares y guerrillas.

Por lo general, sus víctimas son aquellas personas que no están en posición de defenderse a sí mismas, así que aquí no estamos hablando de un conflicto armado como la guerra. Este tipo de violencia es unidireccional hacia los grupos minoritarios (étnicos, sexuales, políticos…) o hacia grupos vulnerables como emigrantes, gente con rentas bajas, etc.  También, como sus víctimas necesitamos incluir a los activistas: los activistas de los derechos humanos, activistas por la paz, ecologistas y todos aquellos que actúan o simplemente intentan crear una conciencia de rechazo hacia la violencia y sus instigadores, donde también debemos incluir a los periodistas. Sin embargo, la violencia cotidiana sufrida por ciertos grupos está muy bien escondida, o, simplemente, a la mayoría de la población les es indiferente. Por ejemplo, en muchos países africanos, la comunidad LGBTI estaba bajo una amenaza constante y sus miembros no solo sufren la discriminación diariamente sino que también son asesinados debido a sus preferencias sexuales, mientras que la mayoría decide hacer la vista gorda. Miembros de las comunidades indígenas en América Latina y otros lugares del mundo también se enfrentan a un tratamiento muy duro y violento por parte de las autoridades, mientras que las poblaciones mayoritarias “mestizo” y “criollo” pretenden no ser conscientes de ello.

En América Central, El Salvador, Honduras y Guatemala, son algunos de los países que tiene un enorme problema con las bandas (Las Maras y otras) que no solo controlan el negocio de las drogas pero también se llevan parte de los beneficios de todas las pequeñas empresas, incluso de aquellas que no hacen más de 50 dólares al mes. Aquellos que se niegan a pagarles, normalmente, acaban muertos. Por lo general, la gente que los denuncia acaban dejando su ciudad natal por miedo a las represalias y muchos acaban como refugiados en México y otros lugares. Aquellos que son forzados a huir también arriesgan sus vidas durante todo el trayecto, que generalmente es hacia el norte, ya que las rutas migratorias también están controladas por los criminales. Las fronteras mejicanas, tanto las del sur como las del norte están entre los lugares más peligrosos del mundo. En Ciudad Juarez, en la misma frontera con los Estados Unidos, debido a la gran cantidad de niñas y mujeres asesinadas y desaparecidas, un nuevo crimen común llamado “feminicidio” ha tenido que ser añadido al derecho penal.

En México, la guerra entre el estado y los carteles de la droga causa más de 10.000 víctimas cada año. Más de 2 millones de personas se consideran estar internamente desplazados en México debido a las actividades de los grupos criminales. El crimen también ha infiltrado las estructuras del estado, incluso la policía, y la desconfianza de la gente llevó a la creación de las fuerzas de “autodefensa”, que constan de gente ordinaria que decidió armarse a sí mismos para obtener la protección que el estado falló en proporcionarles.  Los continuos enfrentamientos entre estos grupos y los criminales han hecho de la violencia una experiencia diaria en muchas (¿la mayoría?) partes del país.

Cuando el estado decide permitir a las grandes corporaciones excavar en extensos territorios habitados por las comunidades rurales o indígenas que se oponen a estos proyectos, sabemos que nos enfrentamos a una situación que causará el aumento de la violencia cotidiana. Hemos sido testigos de muchas situaciones donde los estados en realidad usan las tácticas de implementación, o permitir el aumento de la violencia cotidiana en ciertas áreas para romper la resistencia popular y allanar el camino para las corporaciones. Entonces, nos encontramos con que los derechos de los trabajadores están siendo violados en muchos lugares y de muchas maneras, mientras los estados usas sus fuerzas diariamente para mantener las injustas relaciones económicas.

Desafortunadamente, nuestra experiencia nos dice que la violencia cotidiana, generalmente, está enquistada en el tejido social y cualquier intento para eliminarla requiere un esfuerzo mucho mayor del que necesitaría para su prevención. Sin embargo hay ejemplos de luchas efectivas contra la violencia cotidiana y nuestro objetivo es darlos a conocer, aprender de ellos y ver cómo se pueden adaptar y aplicar las experiencias de un contexto a otro.

Igor Seke

Traducción: Yolanda Alvarez