"Empoderamiento": ¿sólo una palabra más?

Vesna Terselic

Hay palabras que son como un zumbido. Las vas encontrando aquí y allá, en las iniciativas pacifistas, ecologistas o feministas, en Peace News y en los documentos de Naciones Unidas. Se trata de palabras que cambian de estación a estación y de año a año. "Empoderamiento" (empowerment en inglés) ha aparecido en el metalenguaje de mis colegas (los que trabajan por la transformación social) como un intento de explicarnos a nosotros mismos y a los demás lo que estamos haciendo en realidad.

Hubo un tiempo en que la palabra mágica era "participación", pero durante los últimos años parece haber sido "empoderamiento". Los que trabajaban en el campo del desarrollo durante los años 60, 70 y 80 invocaban la participación de los pueblos, mientras que los activistas de los 90 y de los inicios del nuevo milenio invocan el empoderamiento social.

Por mi parte, prefiero sin duda el término "empoderamiento" (es decir, que estoy al día en cuanto a las modas del mundo del activismo). En este sentido, me gustaría ofrecer algunos motivos por los cuales, desde mi punto de vista, usar o adoptar el concepto "empoderamiento" representa un paso adelante en relación al concepto "participación".

Entre los que trabajan en el campo del desarrollo, la demanda de participación surgió después de las grandes revoluciones del siglo XX, que no habían aportado demasiados beneficios a los más pobres de la Tierra. Exigir participación era una demanda humilde y modesta, no orientada a la conquista del poder o al control de los recursos planetarios. La idea que subyacía a la petición de participación era la de que el "Poder" (con mayúscula) podría dejarse en manos de quienes lo detentaban, en tanto éstos dejaran un espacio libre para que las comunidades pudieran tomar sus propias decisiones a escala local. Las grandes organizaciones (incluyendo las Naciones Unidas) adoptaron muy pronto el lenguaje de la participación y comenzaron a reivindicar ésta. Pero, con o sin participación, los pobres han seguido empobreciéndose más todavía, ha aumentado el número de guerras y las cosas han ido yendo de mal en peor para la mayoría de la gente.

La frase "poder para el pueblo" no suena en absoluto novedosa, pero abre perspectivas suficientes como para realizar un nuevo esfuerzo conceptual a partir de ella. Me gustaría partir de la definición de poder propuesta por Dennis H. Wrong: "Poder es la capacidad de una persona para producir determinados efectos, buscados o previstos, en otras personas" (Wrong, 1995:2). En otras palabras, poder es la capacidad para tener influencia. De acuerdo con la definición de Wrong, "empoderamiento" (empowerment) podría ser definido como un aumento en la capacidad para producir determinados efectos (buscados o previstos) en otras personas. Esta perspectiva no cubre todo lo que podría decirse sobre la no violencia y el empoderamiento social, pero es suficiente para desarrollar una sencilla argumentación. El empoderamiento es preferible a la participación porque refleja una intención no sólo de llevar a cabo algún tipo de contribución (como ha ocurrido a menudo en el caso de la participación), sino de contribuir de un modo que lleve a un desplazamiento perceptible en las relaciones de poder. Es algo así como poner fin a una era de timidez, durante la cual el activista sentía que, fuera cual fuera el tipo de poder en cuestión, "poder" era una palabra maldita (mucha gente comprometida en movimientos sociales tenía miedo de ser acusada de apego al poder o manipulación). Adoptar el concepto de empoderamiento puede implicar, por el contrario, que los movimientos sociales reconozcan que quieren tener una influencia real y, en consecuencia, admitan que es necesario afrontar directamente el tema del poder.

Participación significa tomar parte en las estructuras de poder existentes, mientras que empoderamiento puede significar transformar las relaciones de poder a través de la transformación de uno mismo, de las relaciones sociales y de la cultura. Al menos desde el punto de vista conceptual. Obviamente, el problema que queda abierto es el de cómo llevar a cabo esa tarea, dado que las desigualdades que se intentaron corregir hace siglos forman parte todavía de las estructuras de poder actuales. ¿Sabemos cómo actuar y no solamente cómo lamentarnos cuando las relaciones de poder están cambiando?

La realidad pone a prueba los conceptos.

Después de Seattle y Washington, la pregunta realmente importante ya no es: "¿Cómo podría ser el horizonte utópico de un mundo más justo?", sino "¿Qué pasos, limitados pero realizables, pueden darse ahora?" ¿Cuántas experiencias de empoderamiento pueden llevar a cabo con éxito las fuerzas sociales, en aquellos espacios que se abrieron gracias a las acciones desarrolladas en las calles? Simon Retallack ha indicado en una artículo reciente en The Ecologist que: "Seattle ha creado una oportunidad única e histórica para un auténtico cambio. Es el momento de aprovecharla" (Retallack, 2000: 30). La cuestión no es meramente manifestarse ante las puertas de los que toman las decisiones, sino participar activamente en el proceso de toma de decisiones.

¿Hasta que punto se han aprovechado plenamente las brechas que se abrieron utilizando una enorme cantidad de energía y habilidad? ¿Se trata solamente de que los que detentan el poder no han querido tomar nuestras propuestas en consideración o es que además hemos fracasado en desarrollar espacios para el diálogo?

No quiero recurrir a ejemplos demasiado alejados, así que comenzaré con lo que está ocurriendo en mi propio entorno. Las estructuras de poder en Croacia están cambiando después de las elecciones de enero. La Alianza Democrática Croata (HDZ), que dirigió mi país durante las guerras, está hecha pedazos, y los nuevos parlamentarios electos son receptivos a diferentes propuestas de cambio. Pero las organizaciones que han estado trabajando por la paz desde el comienzo de la guerra en 1991 hoy están agotadas y son prácticamente invisibles. El pueblo está exhausto. El régimen autoritario de la HDZ ha durado demasiado, y no está claro que podamos utilizar esta oportunidad única para ejercer alguna influencia.

En 1993, cuando se inició el Proyecto Voluntario de Pakrac, los activistas de la Campaña Contra la Guerra de Croacia (ARK) soñaban con que se abrieran oportunidades de diálogo como las actuales. Esperábamos el diálogo entre las poblaciones de nacionalidad serbia y croata de ambos lados de esta ciudad maltratada por la guerra, el diálogo sobre la normalización con los medios de comunicación locales y las autoridades. Pero nuestras esperanzas se desvanecieron después de unos cuantos días de acción militar en mayo de 1995, cuando la mayoría de la población serbia huyó de Eslavonia Occidental.

Sin embargo, ha habido cambios importantes. Hemos fracasado en la creación de espacios para el diálogo, pero hemos abierto vías de empoderamiento para las mujeres. El club de mujeres de Pakrac, que inició sus actividades con una modesta lavandería en 1995, es hoy una organización fuerte y visible, que participa activamente en las campañas por los derechos de la mujer. El grupo llevó a cabo una serie de acciones impresionantes antes de las elecciones generales, invitando a la población a utilizar su poder y votar. Mujeres que eran invisibles hace algunos años hoy tienen voz, pueden introducir determinadas cuestiones en las agendas de las instituciones locales y ya no pueden ser ignoradas.

Lo que todavía le resulta difícil al club de mujeres de Pakrac, como a la mayoría de las organizaciones pacifistas de Croacia, es encontrar el modo de hablar con el poder. ¿Cómo plantear problemas realmente importantes, como el retorno de los refugiados, los crímenes de guerra y la construcción de la paz en los medios de comunicación? ¿Cómo iniciar proyectos locales para aumentar el poder económico de la sociedad? ¿Cómo abrir el diálogo público?

Todavía está por ver si los movimientos sociales en Croacia y en otras partes del mundo tienen capacidad suficiente para asumir responsabilidades en las crisis de transformación. ¿Estamos lo suficientemente fortalecidos como para dejar de asumir que todos van a percibir la validez de nuestros argumentos? ¿Estamos lo bastante fortalecidos como para salir del ghetto de la marginalidad e irrumpir en la cultura dominante, o para evitar adquirir compromisos al mismo tiempo que fomentamos el diálogo?

Prejuicios y miedos

¿Estamos listos para hablar sobre nuestros prejuicios? ¿Estamos dispuestos para enfrentar nuestros temores?

En las conclusiones de su estudio The Strategy of Nonviolent Defence (La Estrategia de la defensa no-violenta), Robert J. Burrows subraya el carácter crucial del cambio personal, indicando que "todo el mundo puede aprender a decir la verdad... todo el mundo puede aprender a convivir con el conflicto en su vida personal... todo el mundo puede aprender a respetar a los demás más plenamente" (Burrows, 1996: 276). Por supuesto, todo el mundo puede decidir llevar a cabo todo eso, e incluso más pero, ¿por qué deberían hacerlo?

Hace más de dos mil años, Buda hizo recomendaciones parecidas a éstas; hace dos mil años, Jesucristo repitió el mensaje, que fue luego codificado en los Evangelios. Socialistas utópicos como Tomás Moro describieron ciudades pobladas por gente satisfecha y feliz, Mary Wollstonecraft exigió la igualdad de derechos para las mujeres, y amigos míos que están trabajando en el campo de los derechos humanos comparten el mismo sueño que Martin Luther King y, como él, esperan e incluso exigen lo imposible.

Todos ellos hicieron lo posible por explicar que las cosas pueden funcionar mejor si todos actuamos de acuerdo con determinados ideales. Los santos han sugerido distintas opciones: la meditación como vía hacia una vida consciente, los diez mandamientos del Antiguo Testamento, seguir una conducta deseable determinada (desde la moral cristiana hasta un feminismo consecuente). Pero todo eso no da respuesta a la cuestión de qué ocurre con aquellos que no siguen los ideales prescritos. En todas las partes del mundo, los activistas son una minoría. El diálogo entre nosotros es importante, pero ¿no es más importante aún hablar con la mayoría de la gente? ¿Cómo podemos mantener un diálogo con personas que no están dispuestas a abandonar los valores dominantes, que no están interesadas en buscar otras áreas de poder pero que, en cambio, están más que dispuestas a luchar por la porción de poder que detentan?

¿Como enfrentar el sentimiento de inseguridad que Elias Canetti describía en su libro Crowds and Power (Las multitudes y el poder): "Hoy los gobernantes tiemblan, no como antes, porque están gobernando, sino como personas iguales a todas las demás" (Canetti, 1992: 546). Todo el mundo tiene miedo. No sólo estamos atrapados en redes de relaciones y estructuras de poder determinadas por contextos sociales y culturales, sino que somos también víctimas del miedo inmovilizador.

Mientras hay personas que, cuando son víctimas de abusos, prefieren sentarse y esperar, otros resisten. Pero, aparentemente, los resistentes son el grupo más pequeño. Los activistas hablan a menudo de la apatía dominante en muchas comunidades. Como indica Louise K. Schmidt, "la causa de la apatía está asociada a la indiferencia. Sin embargo, si miramos más al fondo, veremos que la causa de nuestra apatía procede más del miedo que sentimos, asociado a la desesperación, que de la indiferencia. La apatía es una defensa que evita que nos enfrentemos al miedo. Es un rechazo a sentir que, si no es escuchado, acaba generando insensibilidad y, en última instancia, inacción" (Schmidt, 1995: 68).

Mucha gente tiende a seguir los dictados de la familia y, en la mayoría de los casos, ésta exige obediencia. Tal como ha escrito Clarissa Pinkola Estes, "cuando la cultura define de modo estrecho lo que constituye éxito o perfección deseable en un ámbito determinado (aspecto, altura, fuerza, forma, poder adquisitivo, economía, virilidad, feminidad, comportamiento filial, buena conducta, creencias religiosas) en las mentes de todos sus miembros están presentes los dictados correspondientes a esas definiciones y una inclinación a medirnos de acuerdo con ellos" (Estes, 1992: 173-174).

La mayoría de la gente de los países del Norte tiende a vivir de acuerdo con estos patrones prescritos por la cultura y la sociedad y ello, por su parte, les permite ganar su porción de seguridad e incluso, quizá, de poder. En lugar de esperar cambios en los patrones dominantes, quizá es mejor buscar métodos para implicar más y más gente en el diálogo y, en última instancia, en proyectos comunes.

A modo de conclusión.

"Empoderamiento" puede ser un concepto más prometedor que otros que han sido propuestos en los debates en torno al desarrollo durante las décadas pasadas. Dar pasos más cerca del poder, tanto a nivel conceptual como en el campo de la acción, es significativo, pero las cuestiones que surgían de los conceptos anteriores están todavía dolorosamente presentes. Los cambios tangibles no están exactamente a la vuelta de la esquina. Sin embargo, eso no reduce mi deseo de cambio ni disminuye mi voluntad de un poder al que se le puedan pedir cuentas. Incluso si resulta que "empoderamiento social" es sólo una frase más.

Notas

Canetti, Elias, Crowds and Power, Penguin Books, London, 1992.

Burrows, Robert J., The Strategy of Nonviolent Defence, SUNY, New York, 1996.

Pinkola Estes, Clarissa, Women Who Run With the Wolfes, Doubleday, New York , 1992.

Retallack, Simon, "After Seattle: Where Next for the WTO", The Ecologist, vol. 30, nº 2, Abril 2000.

Schmidt, Louise K., Transforming Abuse, New Society Publishers, Philadelphia, 1995.

Wrong, Dennis H., Power, Transaction Publishers, 1995.

Vesna Terselic trabaja con AntiRatna Kampanja (ARK), Croacia, y es su representante en el Consejo de la IRG.
Traducido por Alfonso Herranz.