Discriminación dentro de nuestra propia lucha

Esta mañana he leído un artículo titulado "Los jóvenes LGBT de Corea del Sur se ponen en marcha", que venía en el diario surcoreano Hankyoreh. El reportaje trataba sobre una pareja de estudiantes de secundaria lesbianas que salen juntas desde hace casi 100 días (todo un récord para una relación surcoreana). El periodista escribía sobre cómo se quieren y las dificultades y discriminación a la que se enfrentan por ser de una minoría sexual. Como de costumbre, algunas personas respondieron al artículo en Internet con comentarios llenos de odio y completamente injustificados. Yo ya estoy acostumbrada a este odio, pero aun así duele. Y duele especialmente tras lo que acabo de vivir en la aldea de Gangjeong, en la isla de Jeju, en la que los habitantes, con el apoyo de activistas de toda Corea del Sur, se opionen a la construcción de una base naval en su pueblo (véase El fusil roto nº 91, de abril de 2012).

Hace poco me enteré de que el hecho de que yo sea lesbiana suscitó un encendido debate en una reunión entre activistas y aldeanos en Gangjeong. Todo venía de que alguien me había visto besando en secreto a mi novia en el ayuntamiento de Jeju. (Me encontraba allí para organizar una protesta como parte de la campaña de concienciación del pueblo de Gangjeong en otras localidades de la isla). La persona que nos vio pensó que mi conducta era algo inconcebible y se lo contó a otros activistas. Yo no me enteré por los aldeanos o los activistas que estuvieron en la reunión, sino por un amigo que lo supo de alguien que había estado en la reunión. No sé cuántas veces se habló de mí antes que me llegara la noticia.

Desde que llegué, me preocupaba que mi orientación sexual pudiera resultarles problemática a algunos aldeanos. Esto se debía a que la aldea me parecía muy conservadora; me pidieron que no fumara en público porque soy mujer; también me hablaban con condescendencia sin plantearse que su actitud podía ser ofensiva. Al final mis preocupaciones se hicieron realidad y me llevaron a reflexionar sobre varias cuestiones.

Fui a la aldea de Gangjeong para apoyar a sus habitantes. El gobierno estaba intentando reprimir, desmantelar y quitarles su comunidad a los habitantes que tanto habían trabajado para construirla. El gobierno decidió de forma unilateral que construir la base naval de Gangjeong era una prioridad de interés nacional, sin dar ningún tipo de explicación ni intentar establecer un diálogo con sus habitantes. Muchos activistas, motivados por diversas razones, llegaron a la aldea, lucharon contra la injusticia, se alentaban entre ellos y disfrutaban de su trabajo. El tiempo que pasamos juntos me daba esperanzas, pero al mismo tiempo el lugar estaba viviendo una gran violencia. Algunos aldeanos decían que se oponían a la construcción de la base naval porque esto crearía un barrio de prostitución a su alrededor. En el momento de la confrontación, pidieron a las mujeres activistas que se situaran al frente diciendo que "queda bonito con todas las chicas delante". La aldea era un lugar en el que no existía el respeto por las minorías sexuales, las trabajadoras del sexo, las feministas, los ecologistas y otros activistas que se habían reunido en la aldea para darles apoyo.

La propia aldea es una minoría. Cuando se publica alguna noticia sobre ella, la gente critica que los habitantes y los "forasteros" estén amenazando la seguridad nacional y montando lío. Algunos incluso se burlan de ellos diciendo que son "partidarios de Corea del Norte", o que les mueve la codicia de compensaciones económicas. Los aldeanos no son tan diferentes a mí: una minoría. Siendo así, ¿por qué son tan agresivos hacia otros grupos minoritarios, cuando se lamentan de estar desfavorecidos por ser una minoría?

Recuerdo que un aldeano me dijo que me fuera a fumar a otro sitio cuando estaba fumando con un amigo en la calle. Dijo que había demasiados ojos observando, sobre todo de la prensa y de la gente que está a favor de la construcción de la base.

Las concepciones que se tienen en la aldea respecto a comunidad, familia y sexo son muy estrechas de miras. Viven casi en la paranoia de que su aldea tiene que ser armoniosa y bella, que su familia sea "normal" y que se mantengan los roles tradicionales de los sexos.

La aldea se enfrenta a duras críticas y discriminaciones ahora mismo. Al igual que algunas minorías sexuales que están luchando tenazmente para sobrevivir y hacerse un lugar en un mundo cruel, veo que algunos aldeanos actúan con la misma crueldad: marginan a otros que no consideran que quedan dentro de la "normalidad". Hay un miedo colectivo a las miradas que vigilan que todo sea "normal". Se da un fenómeno irónico de un grupo minoritario que intenta reprimir a otros para escapar del estigma de ser una minoría.

Cuando reflexiono sobre lo que sucedió en la aldea me pregunto: ¿Cometí alguna agresión hacia otros para ocultar el hecho de que formo parte de una minoría?
Este problema no es exclusivo de la aldea de Gangjeong, sino que es una cuestión no resuelta que tenemos que abordar todos juntos.

Tomato

Tomato es activista de Solidaridad con los Derechos Humanos de los LGBT en Corea. También colabora activamente en la lucha contra la base naval de la isla de Jeju.